El esplendor de Roma antes de la crisis del siglo III

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Detalle de la columna de Igel (reconstrucción). Primera mitad del siglo III

Cuenta Suetonio que Octavio, tras su victoria sobre Cleopatra VII (69 – 30 d.C.), se hizo con los enseres reales y también con la valiosa vajilla de mesa, pero que hizo fundir los recipientes de oro. Como podemos saber por un pasaje de Plutarco, entre ellos se incluyen objetos preciosos de gran antigüedad y valor artístico. ¿Da el vencedor del último de los reinos helenísticos orientales con este hecho una muestra de la mucho más agobiante superioridad moral de Roma y manifiesta así su repugnancia por la pretendida decadencia oriental de la última reina ptolemaica?

Sabemos que el propio Augusto dejó tras de sí un mobiliario muy modesto, que ofrece un contraste manifiesto con aquel del que sus ricos contemporáneos se rodeaban como expresión de un modo de vida refinado. Aquí se puede cerrar un círculo cuyo trazado comienza con el cambio del siglo III al II a.C., como consecuencia del encuentro bélico de Roma con el mundo de los griegos y que, como creía la historiografía romana, supuso el comienzo de la caída del antiguo sistema de valores romano. Realmente se abre para los atacantes, durante los conflictos con las ciudades del sur de Italia y con los sucesores de Alejandro Magno en el Mediterráneo oriental, un mundo de culta superabundancia, que parece un cuento de hadas y que acabará por corromper a los conquistadores, así al menos pensaban los historiadores moralistas.

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Vajilla de mesa de metal, siglos II-III, Depósito de Neupotz

A comienzos del siglo II a.C., la población urbana de Roma fue testigo de una serie de espectaculares desfiles triunfales con botines de obras de arte como estatuas, pinturas y enseres de lujo, de un esplendor nunca antes visto. Costosas vajillas de mesa de metales preciosos, mobiliario exquisito y los más finos tejidos eran parte integrante de los comedores de las cortes de los reyes helenísticos, toda una manifestación de su inconmensurable riqueza y de la extraordinaria importancia sociopolítica del symposion (banquete para beber) en la sociedad griega. El escritor Kallixeinos, quien describe el desfile y los festejos del segundo Ptolomeo (285 – 246 a.C.) en Alejandría durante los años setenta, habla de diferentes recipientes para mezclar, para provisiones y para bebidas, hechos de oro y plata, en cantidades formidables y de enormes dimensiones. Entre otras muchas cosas, pasaron ante la atónita mirada de la población 400 carros cargados con vajillas de plata y otros 20 con vajillas de oro. No ha quedado nada comprobable de esta opulencia de vajillas de metales preciosos, obtenidas como botín en los conflictos con los macedonios, seléucidas y ptolomeos, como tampoco del legado del último rey de Pérgamo, Átalo III (138 – 133 a.C.), quien legó a Roma su reino y toda su fortuna, entre la que se encontraba su vajilla de mesa completa, que se subastó públicamente en el año 132.

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Vajilla de mesa de metal, bronce, siglos II-III, Depósito de Neupotz

En Roma, a finales de la república antigua y comienzos de la media, la posesión de vajillas de plata de metales nobles se contaba entre la de los bienes de lujo, pero además se consideraba excesivo, como volvió a suceder más tarde a ojos de los padres de la iglesia, y llevó ocasionalmente a la discriminación de sus propietarios. Publio Cornelio Rufino, quien detentó en los años 290 y 277 a.C. el alto cargo de cónsul, perdió en 275, a causa de ser el propietario de diez libras de vajilla de mesa de plata (unos 3 kg), con toda probabilidad importada del sur de Italia, incluso su asiento en el Senado. Cuán rara era la plata en Roma todavía en esta época lo muestra una experiencia no posterior de una delegación cartaginesa a la que, según las crónicas, en cada invitación a cenar se les ponía delante el mismo servicio de mesa, al que sin ningún rubor había que acceder por turno. A partir del siglo II a.C., estar en posesión de vajillas de mesa de metales preciosos perdió algo de su exclusividad y en especial de su mala reputación. Pero siguió quedando como algo especial, siempre relacionado con los círculos más prósperos de la sociedad romana, y como una cuestión de prestigio entre ellos.

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